Inflación, ajuste y productividad

Cada vez que hay un aumento del salario mínimo en Venezuela, por más loable que pueda parecer la intención del gobierno, la idea general es que a dicho salario, más temprano que tarde se lo va “a comer” la inflación. Sin ser economista, cualquier persona rápidamente analiza lo que va a pasar y entiende que si bien los precios están altos, la historia nos ha demostrado una y otra vez, que las empresas, que son las que van a tener que pagar los aumentos salariales, los imputarán a los costos y aumentarán el precio de sus productos. Y que poco a poco, en una cadena indetenible, ya no solo los bienes, sino también los servicios, aumentarán de precio.

Entiende uno que este proceso no es exclusivo de Venezuela, sino que ocurrirá en cualquier economía. Los salarios que se pagan a los trabajadores son costos y punto. Lo malo para nosotros y para economías altamente volátiles, es que esto tiende a ocurrir a una velocidad cada vez mayor.

También está claro que este fenómeno no ocurre solo en la Venezuela chavista. Siempre ha sido así y desde hace muchos años se utiliza la figura de que “los salarios suben por la escalera mientras que los precios lo hacen por el ascensor”. Lo que sí creemos es que el asunto se ha hecho endémico y pareciera no tener solución.

Una de las tareas que le corresponderá a quienes asuman el poder del Estado en la Venezuela post-chavista, será detener la llamada “espiral inflacionaria” y por lo visto, nadie da muestras de tener una propuesta coherente para, llegado el momento, comenzar a tomar medidas que reviertan esta dinámica perversa. Y es allí donde estriba mi preocupación, porque el salario real en Venezuela se ha deteriorado de una manera tan profunda, que en este momento apenas está muy cerca de la línea de pobreza de las Naciones Unidas de 2 dólares diarios y sin duda es impostergable mejorar la capacidad de compra del venezolano .

Ahora bien, cualquier economista medianamente serio dirá que si se pretende corregir esta inequidad por la vía del aumento del salario, se alimenta entonces la espiral inflacionaria. Yo estoy de acuerdo, tanto por la teoría como por la demostración práctica de la historia. Pero el problema está en la alternativa, porque ese mismo economista apela entonces al concepto de productividad y dice que a lo que hay que apuntar es a mejorar ésta, cosa que, principalmente, se hace a través de la educación y desarrollo del trabajador.

Si eso es así, ¿qué debe hacer un gobierno ante una demanda de solución a la inflación en el corto plazo, mientras que las mejoras en productividad solo se dan en el mediano y largo plazo? Pero por otro lado, debemos preguntarnos ¿cuándo y cómo bajó tanto la productividad del venezolano, como para que en este momento su salario mínimo esté alrededor de 60 dólares mensuales si durante muchos años estuvo entre 200 y 300? ¿Puede bajar la productividad de una economía tan drásticamente? ¿Por qué ha bajado la productividad?

No tengo ninguna duda de que tratar de responder aumentando los salarios a dichos niveles (2oo dólares aproximadamente), como la propuesta hecha por Julio Borges hace unas semanas en la Asamblea Nacional, sería altamente inflacionario. Pero atribuirle todo a la productividad parece apuntar a que la responsabilidad por la mejora está solo en el trabajador.  Desde mi punto de vista, esto es no querer apuntar a las verdaderas causas del deterioro del salario y de la economía en general, como son el control de cambios y el control de los precios. El salario no retrocedió en los últimos quince años porque los venezolanos de repente nos volvimos improductivos. Lo hizo porque el gobierno, al controlar el acceso a las divisas y ponerle techo a los precios de las mercancías, convirtió ambas cosas en bienes escasos y por lo tanto cada vez más caros.

Ambos tipos de control hicieron que fuese cada vez menos atractivo producir en el país y por el contrario, más deseable importar. El gobierno tuvo entonces un mecanismo económico para el poder político: ser el único exportador y tener la única puerta para las importaciones. Es el único productor de divisas y el único marcador de precios de todas las mercancías, incluyendo la fuerza de trabajo. Disminuir la capacidad real de compra del trabajador es un instrumento invalorable en un gobierno que tiene como meta hacerse eterno.

Revertir el proceso es el único camino real para salir del laberinto. Es verdad que hay que mejorar la productividad, pero con el objetivo de ser más competitivos. Es verdad también que buena parte de la población económicamente activa es joven y probablemente tiene unos estándares más bajos (lógicos en una economía en la que la competencia es castigada y rechazada) que la hacen menos productiva. Pero ese no es el factor principal que explica que en los últimos diez años hayamos pasado de 300 a 60 dólares. Eso es una consecuencia, no causa.

El futuro deseable es que no venga alguien que piense que la economía va a cambiar sin modificar por completo el modelo económico, eliminando los controles y quitándole poder al Estado. Porque en la medida en que pase el tiempo y no se modifique la visión económica de repartir sin producir, así como la visión política de controlar la vida de la gente, en esa misma medida costará salir del círculo vicioso en el que hemos caído desde hace ya más de cuarenta años.